La casa no era suya: pertenecía a un jurado del Ayuntamiento de Sevilla amigo suyo, que le dio cobijo mientras esperaba ser recibido por el rey. Cortés había vuelto de Nueva España reclamando lo que se le había prometido. Murió esperando esa llamada y soñando con volver a México. Sus restos se trasladaron nueve veces hasta descansar en el Templo de Jesús de la capital mexicana. En el jardín del palacio hay además una lápida de pizarra con una sola palabra escrita, Cordobés: es el caballo que le salvó la vida en la Noche Triste.