Se estableció un cordón sanitario cortando el puente de Barcas y se hizo retirar a la orilla opuesta los buques fondeados en los muelles de Triana. Se habilitaron como hospitales el convento de San Jacinto, para coléricos, y el de la Trinidad, para pobres epidemiados. Para un pueblo que vivía de ser antepuerto de Sevilla, cortar el tráfico fluvial era cortarle la vida. Aquella fue la primera de las grandes oleadas de cólera en España, que entre 1833 y 1834 dejó unos trescientos mil muertos, seguida de las de 1855, 1865 y 1885.