Salió rodeado de hombres con fusiles al hombro, por una puertecita lateral de la parte más humilde de la vivienda. Lo llevaron primero a la Cámara Agraria del pueblo, convertida en cuartel, y de ahí a Sevilla, donde lo fusilaron nueve días después. Su mujer, Angustias García, fue la última en verlo, y le llevó el almuerzo cada uno de los días que estuvo preso. Nunca volvió a la casa.