Felipe IV ya le había concedido la Grandeza de España en 1621. A su muerte el patrimonio se partió: la hija legítima se quedó el mayorazgo de la casa de Olivares y el hijo ilegítimo los señoríos que él había ganado en vida, la llamada casa de Sanlúcar la Mayor, que acabaría en los condes de Altamira, los mismos que años después heredarían el señorío de Gelves.