Felipe IV le concedió el ducado de Sanlúcar la Mayor, y como quiso conservar su título heredado de conde de Olivares, pasó a llamarse el conde-duque. O sea que la mitad de su nombre sale de este pueblo. Desde entonces la villa formó parte de su feudo, y en 1639, por gestiones de la condesa Inés de Zúñiga, Felipe IV le otorgó el título de ciudad. También trajo reliquias de Roma, entre ellas las de San Eustaquio, lo que reavivó la devoción por el patrón.